De cante vengo con Bernardo Miranda por Manuel Martín Martín

De cante vengo con Bernardo Miranda por Manuel Martín Martín

‘DE CANTE VENGO’ con BERNARDO MIRANDA (Opinión de Manuel Martín Martín)

No hay una imagen comparable con la paz interior de un patio andaluz ni cantes que no puedan absorber las notas en él imaginadas a fin de volar con alas propias a la búsqueda de su propio destino.
Es el mensaje de Bernardo Miranda, cantaor que, secundado por la guitarra del onubense Manuel de la Luz y el apoyo, entre otros, de Los Mellis, Olivia Molina o la bailaora Yolanda Osuna, se ha autoexplorado con ‘De cante vengo’, pero no tanto para mostrar la realidad de su verdad, sino para dar a conocer el por qué de su existencia cantaora. Y para ello ha recorrido las vías diseñadas por los maestros que le precedieron, dado que ha elegido trazar su destino por caminos transitados, por la ruta en la que quedaron marcados los nombres de Pastora, Chacón, Manuel Torre, Mairena, Caracol, Varea, El Carbonerillo, Fosforito, El Lebrijano, Camarón, Morente, Gabriel Moreno, El Chaqueta, La Perla de Cádiz, Flores el Gaditano y Juan el Torta, con lo que el ‘fernan-nuñense’ -o ‘chuscarrao’ (gentilicio popular de Fernán Núñez)-, quiere ser dueño del flamenco ‘strictu sensu’, hacer de él su destino y apoderarse de sus secretos a fin de dominarlos.
Hará unos siete años -creo recordar- de cuando escuché por vez primera a Miranda en la final del concurso de jóvenes de la Diputación Provincial de Córdoba, y he de reconocer su progresión sustanciada, sobre todo, en el conocimiento de las variantes y en la depurada técnica, por lo que recomiendo escuchar con detenimiento ‘De cante vengo’, una obra que florece entre las arquerías de un patio cordobés y por cuyas paredes cuelgan macetas añiles con todo tipo de flores, desde las aromáticas hasta las de fragancia lírica, pasando por las gitanillas de los estilos más complejos y los geranios donde se posan los jilgueros, sin olvidar los claveles, las petunias, los jacintos, las hortensias y los helechos, lo que vienen a evidenciar que si las semillas sonoras bien sembradas nunca mueren es porque la verdad del cante sólo está en el parterre interior del cantaor que sabe lo que ‘planta’ y cómo lo ‘planta’.

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